Lunes, 24 Octubre 2011 00:00

Por qué tener un coach

La psicología humanista sostiene que el ser humano busca su crecimiento y la autorrealización. En este camino hacia algo más elaborado y superior ponemos esfuerzos, energías, ganas e ilusiones que no siempre ven el resultado final que nos gustaría. El hecho de tener objetivos claros y bien delineados nos ayuda a encauzar las acciones hacia el fin que nos proponemos de manera consciente. Este es el objetivo del coaching: Ponte objetivos para crecer! Y realízalos!

De manera instintiva evitamos el dolor que muchas veces se origina del fracaso, la tristeza, la desesperación o la depresión. Todas las emociones, hasta la tristeza o el miedo tienen un sentido. Están allí para darnos información, por ejemplo, si no tuviéramos miedo, actuaríamos sin tener precauciones y esto engendra un peligro real.

Hay personas emprendedoras y ricas internamente que trabajan todo esto por su cuenta, y en soledad van gestionando las emociones implicadas, sus dudas y sus frustraciones. Les toca sopesar por sí mismas distintas alternativas enfrentando la incertidumbre casi en desamparo. Afortunadamente desde hace unos pocos años la figura cada vez más conocida del coach puede ayudar y sobre todo actuar de catalizador de este proceso. De esta manera se hace del crecimiento personal y profesional un objetivo en sí mismo. Esto para a ser una meta consciente en la que ponemos empeño y entusiasmo.

Buscar una buena compañía para emprender este proceso de mejora personal a través del coaching nos hará este viaje más sencillo y menos riesgoso. El coste personal es menor y las posibilidades de éxito mayores.

¿Todavía te faltan motivos?

Publicado en Coaching
Domingo, 17 Marzo 2013 00:00

El cuento de la vaca

El cuebto de la vaca

Un maestro y su discípulo andaban de camino al monasterio. Al acercarse la noche el maestro sugirió a su discípulo que estuvieran atentos a la primera casa que avistasen. Pronto el discípulo advirtió una luz en lo alto del valle por el que tansitaban.

-Vayamos a pedir hospedaje – dijo el maestro.

Ya cercanos a la casa pudieron observar su antigüedad. Llamaron y fueron atendidos por un campesino.

-    ¿Qué se les ofrece?

- Andamos buscando alojamiento para esta noche. Vamos de camino al monasterio – dijo el maestro.

- Pues sean bienvenidos en nuestra humilde casa. Aunque no tenemos camas, al menos podrán descansar cerca del fuego-advirtió el campesino.


Una vez dentro de la casa el maestro y el discípulo observaron la humildad con la que vivían el campesino, su mujer y sus dos hijos. Apenas tenían mobiliario, sus vestimentas eran casi harapos y la despensa estaba vacía. Aún así, se veía una familia alegre y unida.

-Y dígame –preguntó el maestro-, ¿Cómo se ganan ustedes la vida?

-Pues se lo contaré –dijo el campesino, mientras toda la familia comía unas lonchas de queso-. Hace unos años adquirimos con nuestros ahorros una vaca. Gracias a ella subsistimos. Nos proporciona todo lo que necesitamos, como este queso tan rico. Con la leche y sus derivados podemos alimentarnos y así ir tirando.

Después de un rato de tertulia todo el mundo se acostó. A la mañana siguiente, después de un desayuno con leche, los invitados abandonaron la casa y siguieron su camino. Cuando llevaban ya un tramo recorrido, el maestro se dirigió al discípulo:

_Vuelve a la casa y, cuando oscurezca, tira la vaca por el precipicio que hay cerca.

El discípulo, atónito, no podía creer las palabras de su maestro:

_: ¡Maestro, eso significaría la ruina para esa familia! ¡Es como condenarlos a morir!

_: Hazme caso y no pierdas el tiempo.

_: Pero maestro, yo no sé si debo…

_¡No discutas más!_ Replicó el maestro_. Vuelve a la casa y deja caer la vaca por el precipicio. Cuando lo hayas hecho, vuelve conmigo.

El discípulo, que mantenía disciplinadamente la ley de la obediencia al maestro, se fue para la casa, eso sí, a regañadientes. Cumplió con su misión y al anochecer precipitó la vaca por el precipicio. Regresó con su maestro y juntos caminaron hasta el monasterio.

Pasados los años, cuando el discípulo terminó sus estudios y llegó la hora de abandonar el monasterio, lo primero que hizo fue acordarse de la familia de la casita del valle. Durante todos esos años no hubo día en que no pensara en la suerte de aquellos campesinos.

Una vez emprendió el viaje de regreso a su hogar, quiso acercarse hasta el valle para descubrir con sus propios ojos las consecuencias de aquella acción. A medida que se acercaba a la casa, se dio cuenta de que las cosas habían cambiado mucho, tanto, que su sorpresa fue encontrarse en una casa prácticamente nueva. Era la misma estructura aunque más bonita, con más luz, con más colores, rodeada de un precioso jardín e incluso de un huerto. El discípulo, ahora ya maestro, se imaginó que la casa pertenecía a unos nuevos propietarios.

Una vez allí llamó a la puerta y, con el corazón latiéndole muy deprisa, esperó a que le abrieran. El campesino que le dio la bienvenida era parecido al que recordaba, algo más grueso y más viejo.

_Disculpe –dijo el antiguo discípulo-. ¿Usted es la persona que vivía aquí hace unos años, cuando llegaron un maestro y su discípulo a pedirles alojamiento?
_¡Claro! Ahora recuerdo, sí…¿Cómo lo sabe usted?

_Yo era el discípulo, y ahora, al regresar a mi ciudad, he querido volver a saludarles.

_Bien hecho: La gente debe ser agradecida.

_ Esta casa ha cambiado mucho de cuando la conocí. ¿Qué les ocurrió para vivir tan bien como viven ahora?

_Pues se lo contaré. No sé si usted recuerda que habíamos tenido una vaca que nos proporcionaba nuestro alimento básico. Una noche sucedió algo inesperado: la vaca se escapó y cayó por el precipicio. Nos quedamos sin ella y sin sustento. Después del susto inicial no nos desanimamos y entre toda la familia buscamos la manera de seguir adelante. Se nos ocurrió hacer unas cestas y venderlas en el mercado del pueblo. Tuvimos mucho éxito y desde entonces no paramos, y además hemos diversificado el negocio y también plantamos flores y hortalizas. Aunque parezca mentira, suerte tuvimos de que la vaca desapareciera. De no ser así, aún estaríamos viviendo sólo de la leche de la vaca. Aprendimos una buena lección.

Después de escuchar esta historia, nuestro nuevo maestro se marchó mucho más ligero. En su interior se hizo la paz definitiva y una vez más reconoció la sabiduría del que había sido su maestro. Mas esta historia le sirvió para pensar también en las personas y sus apegos, sus miedos y sus inseguridades. Pensó así:

_Todas las personas tenemos una vaca que nos proporciona alguna cosa básica para nuestra supervivencia o, al menos, creemos que sin ella no podríamos vivir de la misma manera. Nos apegamos y no estamos dispuestos a soltarla por nada del mundo.

Y desde aquel día aquel joven maestro contó una y otra vez la historia para que todo el mundo pudiera descubrir dentro de sí aquello que es su vaca particular. Para que pudieran empujarla al precipicio y vivir una vida más plena y creativa.


Este cuento está extraído del libro Atrévete a decir no y refuerza tu autoestima, de Xavier Guix, Ed. La esfera de los libros. En mi opinión representa de una forma conmovedora, cómo nos acomodamos a situaciones que pensamos que son nuestra salvación y nos aferramos a ellas mientras olvidamos el resto de posibilidades que la vida nos ofrece.
En coaching le llamamos a este fenómeno, nuestra zona de confort, porque es el área dentro de la cual nos encontramos cómodos, la que conocemos. En un proceso de coaching se analizan otras posibilidades y se estudian alternativas más enriquecedoras que nos hagan salir de nuestra zona de confort y nos permitan desarrollarnos plena y positivamente.

¿Y tú? ¿Cuál es tu vaca? ¿Puedes imaginar como sería tu nueva vida sin tu vaca? ¡Compártelo si te apetece!

Publicado en Cuentos

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