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Sábado, 28 Enero 2017 00:00

Cuerpo sano, mente sana

“Cuerpo sano, mente sana”. Miles de estudios relacionan el bienestar de las personas con la práctica deportiva moderada y regular. Conocemos que hacer deporte regularmente nos permite tener una mejor salud física, además del importante papel que juega sobre nuestras emociones.

                                                                     

Cuerpo sano


Más allá de la estética, que practicar deporte nos ayudará a tener un cuerpo sano parece evidente. Pero para que sea provechoso debemos hacerlo regularmente, estableciendo un hábito, y a la intensidad adecuada. Una buena manera de conocer si lo estás haciendo bien, sobretodo si estás iniciándote, es practicarlo en grupo o con un entrenador que pueda pautarte y guiarte en los ejercicios, con quien puedas plantear dudas y compartir tu progresión, ¡uno de los momentos más gratificantes!

Algunos beneficios…

  • Mejor salud cardiovascular
  • Mejor tono muscular y postura
  • Disminución de grasa
  • Mayor flexibilidad y agilidad
  • Aumento de la capacidad pulmonar y control de la respiración

 

                                                                   

¿Vergüenza? Creer que “eres torpe”, que “no tienes aguante”, “esto no es para ti”, “ya no estás para esto”, “te sientes ridícul@”, etc. estas ideas te harán un flaco favor. Estos pensamientos suelen ser una de las barreras más frecuentes por las que mucha gente no practica deporte, dejando de disfrutar de tantas cosas positivas que ofrece.
Te animo a que te lances, permite que tus pensamientos “debería…/me iría bien…” se conviertan en acción. Hay muchas formas y lugares en Barcelona para practicar deporte, seguro que podrás encontrar la que más te conviene, las posibilidades son realmente amplias. Sentirse extrañ@ al principio puede ser normal, por favor insiste, verás cómo tus miedos se desmoronan, cómo las torpezas dejan lugar a las habilidades, cómo cada vez te verás mejor, te sentirás mejor.

Mente sana


Superación, empoderamiento, cambio, desconexión... los beneficios psicológicos del deporte son realmente extensos.

  • Liberta endorfinas: menos estrés, menos ansiedad. Sensación de bienestar y placer
  • Mejora el autoconcepto y autoestima
  • Mejora la memoria, previniendo el deterioro cognitivo
  • Actitud más positiva
  • Ampliación relaciones sociales

Cuando empieces podrás sentir cómo algunas de tus creencias sobre ti, incluso sobre aquello que te rodea, empiezan a cuestionarse.
Cómo te hace sentir más capaz, con más fuerza y energía.
Cómo el deporte te ayuda a desconectar, desahogarte y ver las cosas desde otro punto de vista, con la mente más clara, dejándote más relajad@. Respira, suspira, grita, gruñe, soltando con el sudor las tensiones.

Nuevas rutinas y hábitos de vida saludables. Practicando deporte podrás introducirte en nuevos ambientes, conociendo gente nueva y crear unos nuevos hábitos. Además de encontrar tu espacio personal, un momento dedicado a ti, para disfrutarlo, para salir de la rutina.

El psico-coaching puede ser una medicina natural, ¿qué más podemos pedir?

                                                                                 

 

Publicado en Coaching
Viernes, 20 Enero 2017 00:00

LOS MIEDOS Y FOBIAS INFANTILES

Los miedos infantiles son naturales y universales, ocurren como algo normal en el desarrollo del niño. Los niños no entienden el mundo que les rodea y esto les crea incertidumbre y miedo. Pero los miedos pueden ser perjudiciales, por ello debemos prestar atención a los miedos de los más pequeños.

Las reacciones habituales de los niños ante los miedos son las mismas que las que puede mostrar una persona adulta, aunque puede variar la intensidad de la respuesta. Un niño suele expresar miedo mediante conductas como llanto, gritos, irritación, huida o evitación de una determinada situación, temblores, sudoración, urgencia para orinar, aceleración cardíaca o tensión muscular, entre otras muchas.


Conviene distinguir entre aquellos miedos “normales” (propios de las distintas etapas del desarrollo) y otros miedos “clínicos” o fobias infantiles, las cuales se definen como patrones desadaptativos de respuestas de ansiedad de los tres sistemas (motor, fisiológico, cognitivo), ante estímulos específicos (oscuridad, animales, daño físico, etc).

 

 

El conjunto de respuestas que se incluyen en las fobias infantiles se caracteriza porque son respuestas que:

  • Resultan desproporcionadas a las demandas de la situación.
  • No pueden ser explicadas o razonadas.
  • Están más allá del control voluntario.
  • No se corresponden con las provocadas por los miedos específicos de la edad.
  • Persisten durante un extenso período de tiempo (más de dos años).
  • Son de tal intensidad que alteran el estilo de vida cotidiano del niño.

A continuación veremos las diferentes etapas de desarrollo, donde los niños van experimentando diferentes tipos de miedos infantiles.

Miedos según la etapa evolutiva

Las diferentes fases evolutivas del niño y adolescentes se asocian de manera más o menos específica a formas características de miedo. El contenido variado y cambiante de los miedos parece reflejar un proceso continuo de maduración cognitiva del sujeto a medida que avanza en las etapas del desarrollo.

Son distintas las causas o los motivos por lo que los miedos pueden llegar a no superarse. Expongamos algunos ejemplos: Padres con miedos que transmiten a sus hijos/as, falta de información sobre algún aspecto que los padres ocultan y ante la incertidumbre se genera temor en él/ella, imitación de alguna conducta miedosa de algún familiar o amigo, por experiencias negativas previas, por sobreprotección, por aportar información negativa sobre alguna conducta o situación, etc.

Los miedos vinculados a cada fase del desarrollo pueden considerarse, por tanto, como “miedos evolutivos”, que pueden resultar normales (no suelen ser muy intensos), específicos de cada etapa, y por tanto transitorios.

A continuación, expongo los contenidos de los miedos en relación a las etapas evolutivas.

 

EDAD

MIEDOS EVOLUTIVOS

6 meses a 2 años

Un bebé no expresa miedo propiamente hasta los seis meses. Pueden temerle a los desconocidos e incluso sentir ansiedad ante la ausencia de los padres, pero en general estos miedos son positivos y pueden indicar, incluso, una cierta madurez.

3-4 años

Sus miedos se hacen más patentes. Su imaginación les juega malas pasadas y elucubran acerca de los monstruos que se esconden en la oscuridad. También les asusta el daño físico y aparece el miedo a los fenómenos naturales (truenos, viento, terremotos).

5-6 años

Mantienen el miedo a separarse de sus padres, a los animales, a la oscuridad y al daño físico, pero además se suma el miedo a seres malvados (ladrones, secuestradores) y personajes imaginarios (brujas, fantasmas, el coco, personajes de dibujos animados). Tampoco les gustan los médicos, sobre todo si llevan bata blanca, y les preocupa la enfermedad y la muerte.

7-8 años

El niño sigue teniendo miedo a la oscuridad, a los animales y a los seres sobrenaturales, y añade su temor a hacer el ridículo por la ausencia de habilidades escolares, sociales o deportivas.

9-11 años

Disminuye su miedo a la oscuridad y a los seres imaginarios, pero ahora son especialmente sensibles al colegio (exámenes, suspensos), a la aceptación social (integración en el grupo, aspecto físico), a la soledad, a la enfermedad y a la muerte.

12-14 años

Se reducen significativamente los miedos a animales y a estímulos concretos para ir dando paso a preocupaciones derivadas de la crítica, el fracaso, el rechazo por parte de sus iguales (compañeros de clase), o a amenazas por parte de otros niños de su edad y que ahora son valoradas con mayor preocupación.

15-18 años

Se siguen manteniendo los temores de la etapa anterior pero surgen con mayor fuerza los relacionados con las relaciones interpersonales, el rendimiento personal, los logros académicos, deportivos, de reconocimiento por parte de los otros, etc.

Decaen los temores relacionados con el peligro, la muerte. La adolescencia es una etapa de “ruptura” con la barrera protectora familiar y la necesidad de búsqueda de la propia identidad.

Consejos para hacer frente al miedo:

  • En primer lugar debemos respetar y aceptar su miedo, por ridículo, incoherente o poco razonable que nos parezca. Quitarle importancia o minimizar el valor que para él/ella tiene, nos alejará de ellos.
  • No criticarle, castigarle o ridiculizarle por su miedo.
  • Ayudarle a que describa su miedo, descubrir qué hay realmente tras este y qué es lo que teme. Permitir que se desahogue y hacerle ver que le escuchamos y que nos preocupamos por su estado.
  • Tener un talante comprensivo. Procurar que no se sienta avergonzado ni regañado y transmitirle seguridad y confianza, siempre con un tono relajado.
  • No lanzarle o exponerle directamente a su mayor temor. Es recomendable acompañarle en un inicio hasta que se sienta más seguro para afrontarlo solo/a. Para ello, si el temor es grande, podemos dividirlo, o realizar una jerarquía con situaciones relacionadas que sean menos aversivas para él/ella para que poco a poco vaya ganando confianza, hasta que finalmente se consiga motivarle para enfrentarse a su gran temor.
  • Reforzarle positivamente por cada pequeño acercamiento que haga hacia la superación de su miedo, aunque al principio sea con nuestra ayuda, sin forzarlos y elogiando sus conductas valerosas.
  • Enseñarle cómo tú, u otros, te expones a lo que él/ella teme y que observe cómo realmente lo que teme no llega a suceder. No le obligues posteriormente a exponerse él, simplemente con que lo observe ya es un gran paso. Además, enseñarle maneras de contrarrestar la ansiedad: escuchar música, relajarse, o actividades que le mantengan ocupado (contar fichas, enumerar comidas favoritas).


Para concluir, saber que no debemos evitar que nuestros hijos/as sientan miedo, pues como dijimos en líneas anteriores, sentir miedo no solo es normal, sino necesario para la prevención y preparación de muchas situaciones. Pero si observamos que a pesar de que el tiempo transcurre nuestro hijo/a no es capaz de superar sus miedos, debemos plantearnos el acudir a un psicólogo que pueda hacer una correcta evaluación, pues en ocasiones un miedo excesivo no resuelto puede terminar generando algún tipo de fobia o ansiedad.

 

 

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