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Viernes, 16 Septiembre 2016 00:00

Perder un embarazo. La pérdida de un hijo.

Las líneas que voy a escribir hablan de dos temas que son dos polos opuestos: nacimiento y muerte. Casi hasta nos choca poder ponerlos juntos en la misma frase. Cuando esperamos un bebé es un contacto total con la vida, con todo lo nuevo, con todas las ilusiones de todo lo maravilloso que está por venir.

Cuando el embarazo se hace visible en el cuerpo de la madre todos nos dan la “enhorabuena” y cuando éste no puede llegar a término…¿Entonces qué debemos hacer con los padres dolientes? Nunca podemos encontrar las palabras adecuadas, nada que podamos decir (o eso nos parece al principio) podrá calmar a este sufrimiento ante la pérdida.

La muerte demasiado temprana de la vida nos resulta inesperada y dramática. Inabarcable desde la palabra, sobrepasados por la emoción. Un embarazo se imagina siempre para dar la vida, no para que llegue la muerte.

 

La madre y el bebé

¿Qué le sucede a la madre que ha perdido un hijo? La madre embarazada era el centro de todas las atenciones, cuidados y miradas. La madre que ha perdido a su bebé se queda con un cuerpo ahora vacío. No pudo terminar el proyecto de dar vida. Lo más inmenso y milagroso que tenemos, nuestro bebito, no está y ya no va a estar. ¿Ser madre pero sin hijo? ¿Cómo puede ocurrir una atrocidad semejante? ¿Por qué vuelta macabra de la naturaleza y el destino una persona puede verse empujada a atravesar por esto?

La mayoría de las veces la atención psicológica permite un espacio donde ser escuchada. En las primeras etapas del duelo hay tantas preguntas e incertidumbres, tanta confusión, desborde de sentimientos y emociones que ir a terapia es algo que las mamás sin hijos agradecen mucho. Yo suelo recomendar hacer este proceso en pareja.

 

¿Qué le pasa al padre?

Al padre que está pasando por este duelo (o quizás por este shock) tenemos que mirarle. Atenderle. El hijo que iba a nacer era un proyecto de la pareja, de dos. Su actitud puede dar a la madre un apoyo, serenidad, coherencia y protección del mundo exterior.

Muchas veces la noticia final viene precedida de un período de estrés de visitas médicas, miedos, inseguridades, un desgaste emocional y psicológico.

Los cuidados recaen en la madre porque ella es quien lleva el bebé consigo, pero el padre, la otra mitad que hizo posible que todo ocurriera se ve empujado a un rol de ser el “fuerte” el cuidador, el tranquilizador, cuando a lo mejor él mismo está destruido. Tenemos que tener cuidado porque muchas veces a los papás se les pide mucho y les damos poco.

Los sentimientos habituales de los padres ante la muerte de su bebé suelen ser:

En el primer momento sienten incredulidad y negación. Es como una pesadilla, de la que tendrían que despertar. O como si mágicamente todo se fuera a arreglar de un momento a otro.

Dolor, tristeza, angustia. Pierden a un ser querido. Aunque aún no estuviera fuera del vientre de la madre esa personita ya existía en la cabeza de los padres, quizás producto de un largo tiempo de deseo y expectativas de familia y de realización personal como madre o padre. El dolor o tristeza inmensos por los que pasarán el padre y la madre no tiene nada que ver con una depresión. El duelo es una reacción adaptativa y muy diferente al trastorno depresivo.

Sentimiento de culpa, por lo que se hubiera podido hacer para evitar un problema de salud “si no hubiera comido el pescado intoxicado, si hubiera guardado reposo, si no hubiera rechazado el embarazo…quizás es que no soy una buena madre, no tengo un buen útero, no estoy preparada para acoger a un bebé/una nueva vida”.

Rabia e ira por la injusticia. Lógicas e ilógicas. La imposibilidad de que su hijo viva es totalmente injusta y la rabia por esta pérdida no pide permiso. Simplemente viene.

¿Por qué nos ha pasado a nosotros? ¿Qué hemos hecho para que esto ocurra, qué hice mal? Esta pregunta suele aparecer como una forma buscar una explicación. Nunca vamos a encontrar una respuesta que nos satisfaga. Creo que no la hay.

Pueden aparecer sentimientos de estar castigados por una especie de fuerza sobrenatural, por alguna razón desconocida.

Aislamiento y soledad. La pareja suele sentir en un primer momento que son los únicos a quienes les toca tanto sufrimiento. Que les tocó sólo a ellos. Es frecuente que no conozcan a nadie a quien le haya pasado lo mismo y se sienten extraños. De ahí que poder compartir la experiencia con un grupo de duelo perinatal sea una excelente manera de atravesar esta etapa y poder gestionar mejor este maremoto de emociones.

Un comentario personal: Me cuesta muchísimo escribir este entrada al blog porque por más que se traten de explicar algunas cosas me parece que las palabras nunca serán suficientes para el desgarro que este dolor produce. A todas las mamás que perdieron su bebé por nacer: siento que nunca podré decir ni expresar lo suficiente.

Agradezco enormemente a los padres y madres que me permiten acompañarlos en estos momentos...

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